Cuarto de primaria fue el peor año de todos. La maestra Claudia, a quien seguramente ahora rebaso por unos veinte centímetros, me producía el más terrible pavor. Tenía el cabello largo y negro, usaba unos lentes que le hacían ver los ojos gigantes y entre las cejas tenía, como tatuada por los años, una arruga vertical que delataba a su mal humor. Escuchaba música clásica todo el día, se jactaba de leer en todo momento y lugar y estaba obsesionada con la perfección. Nos gritaba ante cualquier nimiedad y, a mí en especial, me miraba con flamígeros ojos como presintiendo que algún día su alumna de ojos grandes crecería, escucharía metal, tendría un blog y hablaría de ella.
Yo le tenía mucho miedo porque solía regañarme a la menor provocación. Me hacía sentir culpable por cosas que no hacía o por cosas por las que no había razón para sentirse culpable. Un acento mal puesto, una mancha de pegamento, una mayúscula que no era, cualquier cosa era pretexto para gritonearme y ponerme muy nerviosa. Por eso trataba de ser muy cuidadosa a la hora de hacer mi tarea, y, aún haciéndolo todo bien, por las tardes, cuando no había razón para acordarse de Claudia, me moría de miedo. Yo no decía nada porque pensaba que era normal temerle a los adultos de esa forma y me creía demasiado eso de respetar a los mayores.
Pero Claudia no odiaba a todos sus alumnos. Su consentida era Alejandra, la típica gordita grandota y violenta que también me tenía tirria infantil. En esos tiempos estaban de moda las pulseras de bolitas y yo tenía una verde que parecía hecha de chícharos, que además usaba esporádicamente porque en aquella escuela, como en muchas, cualquier cosa que representara nuestra imberbe personalidad, como el cabello ligeramente largo en los hombres, los calcetines de colores y las uñas pintadas, era mal vista. A la hora del recreo, mientras todos jugábamos a los encantados, Alejandra jaló mi pulsera, la reventó y todos los chícharos cayeron al piso. La fui a acusar, como es costumbre en la primaria cuando uno no sabe defenderse solo. Maestra, estábamos jugando y Alejandra rompió mi pulsera y... "Tú misma lo dijiste, estaban JUGANDO" contestó Claudita con odio, y básicamente me mandó al carajo.
Cuando el larguísimo año escolar llegó a su fin, Claudia nos dio una especie de discurso de despedida e hizo énfasis en que "éste pudo llegar a ser un grupo PERFECTO, pero hay ciertas personas que lo hacen imposible", mirándome a mí con esos feos y flamígeros ojos y ese odio absurdo e injustificado hacia una niña de ocho años. Los papás de mis compañeritos de clase estaban encantados con ella porque por primera vez una maestra controlaba a sus insurrectos hijos, sin saber que para lograrlo se valía del miedo que les causaba. Algún incauto sugirió que sería buena idea volver a tenerla dándonos clases en quinto de primaria, lo cual no pasó porque justo en esas fechas el hermano de Claudia se murió. Ella desapareció del mapa de mi vida y yo volví a ser feliz.
Ahora que soy un poco más grande me gustaría buscarla. Hablarle. Que sepa cómo se grabaron sus recuerdos en mi mente, a ver si se siente orgullosa. Después todo dependerá de su respuesta, porque a veces me sorprenden las palabras que pueden llegar a salir de mi boca.
Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas
martes, 14 de julio de 2009
martes, 12 de mayo de 2009
Tengo miedo
Hoy fui al cine a ver una película de terror que me recomendó Monsieur Ramón. Ahora la distancia de la computadora a mi cama me parece eterna y más si me veo obligada a recorrerla en la oscuridad. Soy tan gallina que soy capaz de quedarme aquí hasta que vuelva a salir el sol.
Todo esto me recuerda que una vez, a mitad de la noche, desperté muriendo de hambre. Me daba tanto miedo bajar a la cocina por un refrigerio que preferí comerme unos Doritos rancios que encontré en la jungla de mi recámara (y ahora recuerdo que ya lo había mencionado, ni pedo).
Todo esto me recuerda que una vez, a mitad de la noche, desperté muriendo de hambre. Me daba tanto miedo bajar a la cocina por un refrigerio que preferí comerme unos Doritos rancios que encontré en la jungla de mi recámara (y ahora recuerdo que ya lo había mencionado, ni pedo).
Etiquetas:
miedo
sábado, 2 de mayo de 2009
Sueño doble
1. Entraba a una tienda de revistas. Echaba un vistazo entre Nocturnas, Rolling Stones y R&Rs, hasta que me decidía por una Gótica que tenía a Human Drama en la portada. Tenía que pagarla en caja primero, así que le pagaba al encargado diecisiete pesos y él, en vez de entregarme mi revista, me daba una caja grande de Ferrero Rocher. Oiga, pero yo no compré esto, le decía. "Ah sí, disculpe señorita, ¿puede tomar su revista del aparador otra vez?". Entonces yo volvía a buscar mi Gótica pero ya no estaba. Trataba de buscar alguna otra que me interesara, pero ahora sólo había puras Proceso y una Selecciones miniatura. Me daba por vencida y salía de la tienda sin el dinero que ya había pagado. Una vez afuera, conocía a un grupo de chamacos que me invitaban a cantar canciones de Vaselina con ellos. A mí me tocaba hacer la voz de John Travolta porque era la más grave y yo lo hacía sin rechistar, a pesar de que odiaba la película (En la vida real me tocó actuar en la obra de Vaselina cuando salí de la secundaria. Todo un trauma que es asunto de otro post).
2. Tenía dos peceras juntas, una con muchos peces pequeños y otra con un solo pez grande parecido a un pejelagarto. Yo estaba viendo a los peces nadar cuando sonaba mi celular y me colocaba el manos libres, que se atoraba entre los filtros de las peceras. Entonces el pejelagarto saltaba, mordía el cable de mis audífonos, me hacía meter la cabeza a su pecera, saltaba hacia los peces pequeños y se los empezaba a comer. Yo no podía zafarme y veía cómo el pescadote devoraba a los pececitos sin poder hacer nada. De alguna forma lograba alcanzar una red para sacarlo de la pecera, pero cuando lo hacía ya era demasiado tarde: sólo quedaban colas y aletas en el fondo de la pecera. Me ponía a llorar.
Cuando desperté, me alegré de no haber perdido dinero ni a mis pececitos. Fin.
Ahora sí, dejen sus interpretaciones en los comentarios. La más acertada gana un premio sorpresa (tan sorpresa que aún no sé qué será).
2. Tenía dos peceras juntas, una con muchos peces pequeños y otra con un solo pez grande parecido a un pejelagarto. Yo estaba viendo a los peces nadar cuando sonaba mi celular y me colocaba el manos libres, que se atoraba entre los filtros de las peceras. Entonces el pejelagarto saltaba, mordía el cable de mis audífonos, me hacía meter la cabeza a su pecera, saltaba hacia los peces pequeños y se los empezaba a comer. Yo no podía zafarme y veía cómo el pescadote devoraba a los pececitos sin poder hacer nada. De alguna forma lograba alcanzar una red para sacarlo de la pecera, pero cuando lo hacía ya era demasiado tarde: sólo quedaban colas y aletas en el fondo de la pecera. Me ponía a llorar.
Cuando desperté, me alegré de no haber perdido dinero ni a mis pececitos. Fin.
Ahora sí, dejen sus interpretaciones en los comentarios. La más acertada gana un premio sorpresa (tan sorpresa que aún no sé qué será).
Etiquetas:
desastres,
desvaríos setenteros,
miedo,
peligro,
sueños
lunes, 27 de abril de 2009
Sugestión
Estuve perfectamente sana hasta que anoche se me ocurrió ver las noticias. Hoy, casualmente, me arde la garganta. ¿Cuánto tiempo me queda antes de que nadie quiera besarme? 
Es una serpiente enroscada en una flor. Tan elegante.
En otras noticias, admiren mi tatuaje temporal:
Es una serpiente enroscada en una flor. Tan elegante.
Etiquetas:
desastres,
miedo,
peligro,
televisión
miércoles, 22 de abril de 2009
Acabo de tener una pesadilla
En la vida real una boca en la pared puede ser ridícula, pero en un sueño es aterradora.
Etiquetas:
cosas raras,
miedo,
sueños
jueves, 5 de marzo de 2009
jueves, 26 de febrero de 2009
Crisis momentánea (ya se me pasará, no se preocupen)
Estoy tan confundida. No sé qué voy a hacer, no sé qué va a ser de mi vida. Demonioooooooos. Que alguien escriba un libro para mí, por favor, que alguien me diga qué debo hacer, ¡que alguien me ordene lo que debo hacer! Que alguien me dicte al oído lo que debo decir, que alguien sabio tome las decisiones importantes por mí. Tengo miedo, más miedo que nunca.
Etiquetas:
futuro,
miedo,
teenage angst
lunes, 9 de febrero de 2009
Perder el miedo
Google dice: "miedo patológico a perder el poder o a ser vulnerable", "perder el miedo a invertir", "perder el miedo a equivocarse", "perder el miedo de vender en Internet". Nada que pueda ayudarme. Yo más bien le temo a la oscuridad después de hablar con mis amigos sobre mecánica cuántica o después de escuchar los mensajes ocultos en las canciones de Pink Floyd. Una noche, a eso de las tres o cuatro, desperté con un hambre endemoniada. Mi miedo a la oscuridad me detuvo, no me atreví a asaltar la cocina en la penumbra y mejor me comí unos Doritos rancios que encontré en un rincón de la recámara. También le temo a algunas canciones, como la de "The power to believe" de King Crimson, a una de Air y a un par del soundtrack de Donnie Darko. Y si se me ocurre escucharlas en la oscuridad es aún peor. I have a constant fear someone´s always near. Maiden sabe qué onda con mi miedo. Además le temo al sonambulismo. No soporto la idea de levantarme a hacer o decir cosas mientras duermo. Dicen quienes me han visto dormida que a veces me siento en la cama, señalo cosas y balbuceo incoherencias como "Es un poeta contemporáneo" o "Can I get your autograph?". Aunque mis temores no son constantes y aparecen sólo cuando me siento sola, vulnerable o alguien menciona la teoría de cuerdas justo antes de dormir.
Hay otros miedos. Algunos me han privado de placeres inefables y logros extraordinarios a mi corta edad. Otros han provocado decepciones propias y de mis amigos. He dejado de actuar por puro miedo. Me bajé varias veces por las escaleras en vez de saltar del trampolín porque el temor a las alturas me rebasaba. La oscuridad no es nada comparada con el rechazo, el fracaso y el dolor. A veces me detengo porque sé que no voy a alcanzar el autobús, porque no puedo pasar de la tercera línea, porque mi experiencia es breve, porque no soy carismática ni platicadora ni tengo voz de sirena. Ésos son los peores. Por lo menos ahora intento estorbarle a la gente tempranito en la mañana, poner más discos y correr más. Yo no sé si es la edad. Me extraña que se le preste más atención al miedo que causa convertirse en adolescente que al de convertirse en adulto. Cuando se es un jovencito ni se siente. En cambio, cuando uno crece, hay más presión, más opciones y acontecimientos decisivos, más miedos inexplicables.
(Acabo de beber un buen vaso de Pepto Bismol)
Hay otros miedos. Algunos me han privado de placeres inefables y logros extraordinarios a mi corta edad. Otros han provocado decepciones propias y de mis amigos. He dejado de actuar por puro miedo. Me bajé varias veces por las escaleras en vez de saltar del trampolín porque el temor a las alturas me rebasaba. La oscuridad no es nada comparada con el rechazo, el fracaso y el dolor. A veces me detengo porque sé que no voy a alcanzar el autobús, porque no puedo pasar de la tercera línea, porque mi experiencia es breve, porque no soy carismática ni platicadora ni tengo voz de sirena. Ésos son los peores. Por lo menos ahora intento estorbarle a la gente tempranito en la mañana, poner más discos y correr más. Yo no sé si es la edad. Me extraña que se le preste más atención al miedo que causa convertirse en adolescente que al de convertirse en adulto. Cuando se es un jovencito ni se siente. En cambio, cuando uno crece, hay más presión, más opciones y acontecimientos decisivos, más miedos inexplicables.
(Acabo de beber un buen vaso de Pepto Bismol)
Etiquetas:
autodestrucción,
juventud,
miedo
domingo, 11 de enero de 2009
Sueño de antier
Caminaba alegremente hacia mi clase de Inglés, cuando pasaba frente a un local donde hacían tatuajes y perforaciones. En medio de un arranque de impulsividad, decidía entrar y perforarme la nariz. No me importaba el hecho de que se me hacía tarde para la clase ni tampoco que no llevara ni un quinto en la bolsa; yo entraba, me acostaban en un sillón y alguien me decía "no te preocupes, no duele nada". De alguna forma yo veía cómo la aguja atravesaba mi piel como si fuera alguna otra persona, pero también podía sentir el dolor. Después me daban a escoger el aretito y me daban otro de regalo. A la hora de pagar se me ocurría una idea: iría corriendo con mis amigos de la clase, les pediría cien pesos prestados (que era el precio de la perforación), pagaría y todos contentos. Cuando estaba de nuevo en la calle me encontraba a mi novio y estaba ansiosa por enseñarle mi nariz, pero al verme se daba cuenta de que no sólo me había perforado ahí, sino también una ceja, el labio y la barbilla. Me daba mucho miedo y ¡puf! desperté.
martes, 9 de diciembre de 2008
Sueño raro de hoy
Me subía a un elevador acompañada de tres yuppies y nos quedábamos atrapados en él. La claustrofobia me invadía y me desmayaba justo antes de que las puertas se abrieran. Cuando despertaba me hallaba en una plataforma junto a una bestia que me ladraba y amenazaba con morderme. La única forma de escapar era escalando unas libretas voladoras de color verde, así que yo brincaba a ellas mientras la bestia me perseguía. Al final la única escapatoria era un túnel de vidrio a través del cual se veía un fondo negro y unas manos que se pegaban al cristal tratando de atraparme. Ni modo. Avanzaba con mucho miedo por el túnel y una voz misteriosa me decía que la única forma de escapar de ese lugar era saliendo de mi "viaje", para lo cual, durante el trayecto, se me presentarían diversos obstáculos con el fin de confundirme. Así, los obstáculos fueron un hotel cinco estrellas cubierto por una burbuja gigante, un supermercado de productos naturistas y una fiesta mexicana cliché, con piñatas y cántaros de colores. Desperté antes de superar la prueba y no supe cómo acabó, pero no sé por qué siento que todo estuvo musicalizado con "Level five" de King Crimson.
Etiquetas:
cosas raras,
miedo,
sueños
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
